NAIZ Opinión
Edorta Jimenez
El «robinsón» de la isla de metal
Precisamente fue la ciudad misma la primera en sentir el efecto de una aparición como aquella. Empezó a afectar a sus capas tectónicas y ya nada volvió a ser como antes. Lo viejo caía por el peso de su propia vetustez y lo nuevo florecía por los riegos del capital que acudía a los aledaños.
Inaugurada la isla allá a finales de 1997, con gran pompa y presencia de hasta quienes eran lo que eran por decisión divina, en ella pronto se instaló un «robinsón», aunque no solo él. Entre los trabajos del «robinsón» estarían los mismos que los de «robinsón» Crusoe en la suya. A modo de ejemplo, llevar las cuentas de la vida en la isla y apuntar sin falta el paso de los días, por no citar las peripecias de la mano de obra que apareció por la isla, la de un tal Viernes.
«A fin de no perder el cómputo del tiempo –escribió Daniel Defoe en su libro−, ya que carecía de útiles para escribir, levanté junto a la costa, en el punto en que había pisado tierra por primera vez, un poste de madera cuadrado, con la siguiente inscripción: «En este sitio abordé el 30 de septiembre de 1659». A ambos lados del poste marqué cada día una estría, cada siete días una mayor, y el primer día de cada mes una más grande aún. En esta forma obtuve un calendario que marcaba exactamente los días, las semanas, los meses y los años».
Crusoe fue rescatado de su isla «el dieciocho de diciembre de 1686, después de haber vivido en ellos veintiocho años, dos meses y diecinueve días, según mis cálculos. En esa forma dejé mis dominios, acompañado por mi fiel Viernes».
Por su parte, el «robinsón» central de Isla Milagro vivió unos veintisiete años en ella. La dejaba después de intentar otro milagro. El de hacer que emergiera otra isla a la orilla de otro río batido por las mareas. De momento, las fuerzas telúricas a cargo de esta nueva emergencia no han sido capaces de lograrlo. O quizás no se han alienado los astros. De momento los temblores no cesan. Entre la gente, claro.
En su adiós a la isla, el «robinsón» ha hablado con parte de la prensa del planeta, que es mucha, porque aunque a veces pueda parecerlo, no estamos en 1659. En ellas ha dado cuenta de sus trabajos y sus días, y así ha dicho que al cumplir ya veinte años en la tarea pensó en abandonar la isla, pero, qué mala suerte, que justo entonces llegó una pandemia que le obligó a seguir allí. Como autor de esta ficción voy a decir que la tal pandemia apareció a los dos años y medio de que el «robinsón» hubiera ya cumplido veinte en la isla. Un lapsus que Crusoe nunca tuvo, según el relato de Daniel Defoe. Crusoe era a todas luces protestante.
Por cierto, Daniel Defoe sería el autor de la memorable obra magna de la historia de la piratería en los mares occidentales, la Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas, publicado bajo el seudónimo de Capitán Charles Johnson. Lo digo porque como nacido en Mundaka y siendo escritor, aunque mediocre evidentemente, a veces me preguntan por los piratas vascos, y si lo hubo aquí. Siempre les digo que piratas vascos sí que hubo, aunque no por aquí, que la piratería tiraba de islas para vivir, y que aquí tenemos alguna, como Izaro, pero eso da poco como refugio.
La obra del Capitán Charles Johnson y la de Daniel Defoe tienen en común un conocimiento amplio de la época y una base documental indudable. Con todo, no se sabe cuánto tendría de ficción la primera, y de la segunda se piensa que, aun siendo una obra de ficción, estaría basado en hechos reales. En eso le habría pasado como a mí, su ferviente admirador. Otros fervientes admiradores han llegado incluso a visitar la isla en la que Defoe habría encontrado apartamento a su Crusoe, quien, por cierto, al final de su vida, o sea, al final de la novela, se haría rico.
La isla de «robinsón» Crusoe sería la llamada «Más a tierra», situada en el Pacífico y actualmente perteneciente administrativamente a la República de Chile. Las agencias de turismo la llaman Isla «robinsón» Crusoe. Qué vamos a decir por aquí. El turismo puede con todo. Si no esperen que a Izaro la bauticen como Isla Francis Drake, que algunos siguen diciendo que el insigne marino y martillo de herejes la atacó allá por 1596, cuando de hecho ya estaba muerto. Menos mal que está protegida. Aunque visto lo visto, ¿importaría algo? Piratas ahora sí que no nos faltan.
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